Las ciudades a todas horas se mueven a un ritmo vertiginoso. Donde masas humanas van de un lado a otro, a través de una rutina, donde muy pocos se paran a pensar porqué hacen realmente eso. Ya que actúan de manera deshumanizada y como autómatas. Olvidándose en la mayoría de los casos que los "bultos" que les rodean son personas, con sus sentimientos, sus sueños, dudas, miedos, ideas... Y tras olvidar esto, se mueven empujando, pisando, invadiendo el espacio de seguridad de sus congéneres... Sin respeto, sin condición humana... Sin escrúpulos...
La sociedad está ciega, sorda y muda a la realidad que late en sus calles. Mi alma se desgarra ante nuestros mayores. Tan débiles, desprotegidos y frágiles. En medio de esta corriente de deshumanización. Sus ojos hundidos, que en algún momento vieron días mejores. Generalmente sólos, ya que sus allegados como ya han optenido estabilidad han volado de su lado. La resignación de afrontar sus vidas, donde han visto cómo con el paso del tiempo en ves de mantener su nivel de vida, ha ido bajando hasta no mantener prácticamente los gastos mínimos para vivir.
Nuestro pasado histórico, nuentra tradición oral, morirá con ellos. Porque nosotro andamos muy ocupados y ensimismados en la superficialidad del momento. Aunque no pensamos que dentro de un tiempo también estaremos en esa misma situación y entonces ya no habrá remedio ya que habremos educados a nuestro hijos aún de manera más indiferente hacia la "sangre" que lo que lo hicieron con nosotros.
Mientras andaba por las calles, en el día de hoy. Rodeada de la masa humana. Mi atención se dirigió en varias ocasiones, a esta generación que he nombrado: Una señora buscaba entre las papeleras algo que comer, pero no por llevar una mala vida, porque iba aseada y sensilla en el vestir. Además, en su manera de buscar conservaba la dignidad de quién lo hace porque no le queda más remedio, ya que con la pensión que el estado le concede cada mes no tiene suficiente. Su mirada, al encontrarse con la mía, aún guardaba algo de orgullo. Otra, que temerosa a la entrada del metro intentaba acceder a ese nido de gusanos bajo tierra. Una más, que intentaba bajar el estadal para cruzar la calle, pero que al tardar por su disminución de reflejos. El semáforo cambió el color y los conductores de los coches comenzarón a tocar el claxon de manera frenética.
Si por mi fuera me despojaría hasta del último céntimo y miga de pan, para agasajar y darle a cada anciano un poco más de confor que tanto merecen... Pero con el dolor de mi alma, sigo en este mundo despiadado, compadeciendome de lo que nos espera en un futuro... Porque ya no hay remedio...