martes, 10 de abril de 2007

Raza y coraje...

Las ciudades a todas horas se mueven a un ritmo vertiginoso. Donde masas humanas van de un lado a otro, a través de una rutina, donde muy pocos se paran a pensar porqué hacen realmente eso. Ya que actúan de manera deshumanizada y como autómatas. Olvidándose en la mayoría de los casos que los "bultos" que les rodean son personas, con sus sentimientos, sus sueños, dudas, miedos, ideas... Y tras olvidar esto, se mueven empujando, pisando, invadiendo el espacio de seguridad de sus congéneres... Sin respeto, sin condición humana... Sin escrúpulos...

La sociedad está ciega, sorda y muda a la realidad que late en sus calles. Mi alma se desgarra ante nuestros mayores. Tan débiles, desprotegidos y frágiles. En medio de esta corriente de deshumanización. Sus ojos hundidos, que en algún momento vieron días mejores. Generalmente sólos, ya que sus allegados como ya han optenido estabilidad han volado de su lado. La resignación de afrontar sus vidas, donde han visto cómo con el paso del tiempo en ves de mantener su nivel de vida, ha ido bajando hasta no mantener prácticamente los gastos mínimos para vivir.

Nuestro pasado histórico, nuentra tradición oral, morirá con ellos. Porque nosotro andamos muy ocupados y ensimismados en la superficialidad del momento. Aunque no pensamos que dentro de un tiempo también estaremos en esa misma situación y entonces ya no habrá remedio ya que habremos educados a nuestro hijos aún de manera más indiferente hacia la "sangre" que lo que lo hicieron con nosotros.

Mientras andaba por las calles, en el día de hoy. Rodeada de la masa humana. Mi atención se dirigió en varias ocasiones, a esta generación que he nombrado: Una señora buscaba entre las papeleras algo que comer, pero no por llevar una mala vida, porque iba aseada y sensilla en el vestir. Además, en su manera de buscar conservaba la dignidad de quién lo hace porque no le queda más remedio, ya que con la pensión que el estado le concede cada mes no tiene suficiente. Su mirada, al encontrarse con la mía, aún guardaba algo de orgullo. Otra, que temerosa a la entrada del metro intentaba acceder a ese nido de gusanos bajo tierra. Una más, que intentaba bajar el estadal para cruzar la calle, pero que al tardar por su disminución de reflejos. El semáforo cambió el color y los conductores de los coches comenzarón a tocar el claxon de manera frenética.

Si por mi fuera me despojaría hasta del último céntimo y miga de pan, para agasajar y darle a cada anciano un poco más de confor que tanto merecen... Pero con el dolor de mi alma, sigo en este mundo despiadado, compadeciendome de lo que nos espera en un futuro... Porque ya no hay remedio...

1 comentario:

caracola_azul dijo...

Tantos temas de los que hemos hablado y tantos otros que nos quedan. En este caso, por mucho que tu digas lo contrario, volvemos a coincidir en algo: nuestra manera de observar y ver a los mayores. Seres entrañables que guardan dentro de sí toda esa sabiduría de la vida que a los más jóvenes nos falta y por lo cual cometemos tantos errores. Llegar a donde ellos han llegado no es nada fácil. Unos tienen lo suficiente y otros no. Unos tienen personas que les quieren y les cuidan y otros no. Unos aún son conscientes de este mundo y otros crean el suyo propio, tal vez mejor que este. Pero todos superaron años de esfuerzos, trabajos, sueños, pérdidas, encuentros, vivencias... Y yo me pregunto si seremos capaces los que aún estamos a mitad de camino de llegar hasta donde ellos han llegado, dignamente, siempre mereciéndose nuestro respeto y admiración por haber dado la vida a otras generaciones, por ser capaces de buscar lo que necesitan en una papelera; por salir temblorosos a la calle con temor de lo que les pueda pasar; por enfrentarse un día más a la jauría humana que un día será como ellos mismos. Hay que ser valiente cuando sabes que tal vez mañana, o esta noche, o el domingo que viene, tu corazón quedará inerte, se apagará. Entonces, quizá, alguien se acuerde de que ellos existían.
Yo también suelo observar a nuestros mayores. He tenido y tengo alumnos de bastante edad, incluso con Parkinson y que luchan por seguir siendo jóvenes.Son los que más interés le ponen a todo y los que mejor aprenden. Me encanta escucharles, ayudarles, hablar con ellos. A mi también me gustaría tener la magía necesaría como para hacer que fueran sus últimos años los más felices, sin necesidades, sólo rodeados de cariño. Sin duda, se lo merecen.