miércoles, 19 de septiembre de 2007

Tierra libre...



Caminan a un paso vivo, por los estrechos senderos. En sus manos tan sólo un cayado ya mellado por tantos años de lucha. Saben que les queda poco tiempo antes de caer presos. Se van introduciendo en las entrañas de la montaña, pasando entre cascadas de cristalina agua que alimentan los cauces de Guayadeque, Guiniguada y de todos los barrancos que surcan la isla de Gran Canaria, formando agrestes cicatrices hasta acabar en el mar.

Van rescatando de su memoria sus juegos de infancia por esas grutas, los baños en los manatiales durante las calorosas tardes,los días a la sombra del Nublo, las mañanas de pesca allá en La Puntilla...

Pero eso queda muy lejos, porque su mundo se rompió en pedacitos cuando hace ya varios años, se divisaron grandes velas en el horizonte. Aquellas gentes venían cubiertos por prendas resplandecientes bajo la luz del sol y duras como el caparazón de una tortuga.

Hablaban otra lengua que por sus gestos no eran palabras cordiales. Nos querían echar de nuestras casas, comer nuestros alimentos, usar a nuestros hombres y mujeres como esclavos, devastar nuestros cultivos, talar todo el bosque que oculta al espíritu del Faycán. La madre Tierra lloraba por su suerte y la de sus hijos que tanto habíamos cuidado de ella.

Comenzó una cruenta carnicería donde ambos Guanartemes unieron sus fuerzas contra el invasor, pero poco a poco fuimos cediendo terreno para adentrarnos en las profundidades de la isla. Aunque defendíamos cada tramo con sudor y sangre, cobrando muy cara la ofensa a los que se hacían llamar los castellanos.

El enemigo ya había descubierto la entrada a la fortaleza de piedra, que acaba en un desfiladero. Entraron a por los hombres que aún quedaban vivos en su interior. Lo que no sabían es que perseguían a los dos últimos guerreros supervivientes: Doramas y uno de los Guanartemes.

Han perdido toda esperanza. Con ellos finaliza una estirpe de luchadores, pero no van a ser capturados con vida, para ser utilizados como marionetas para rendir a su pueblo al extranjero. Tras mucho correr llegan ante el desfiladero y contemplan esa escena por útima vez: el Nublo al fondo rodeado de azules montañas con un sol que ya declina. A pocos metros ya se oye el tintineo metálico de sus captores. Cruzan sus miradas compartiendo en sus ojos un pensamiento: podrán arrebatarnos nuestra tierra, pero nunca la libertad. Acto seguido se lanzan al vacío gritando ¡ATIS TIRMA! (tierra libre).

1 comentario:

Maslama dijo...

sencillamente impresionante, un pueblo que muere con nobleza, sin rendir sus armas.. la descripción paralela del paisaje agreste y las emociones de los guerreros, esa extraña mezcla de rebeldía salvaje y melancolía, ha conseguido estremecerme.

besos!!