
Existir en una perenne soledad, sin otra compañía que su propia sombra. Cambiar lo eterno por lo efímero. Lo tangible por lo abstracto de unos ojos, de una mirada, de un instante.
Negar su origen y destino, por una llama que alcanzó su corazón. Para lograr la felicidad o la idealización de la misma en la compañía de esa persona.
Como diezmo a su decisión surgió el enfrentamiento a la vejez, la senectud, el deterioro, hasta alcanzar la muerte y con ella llegó su mejor amante, la soledad, acompañada de agridulces recuerdos y punzadas a su herido corazón cada vez que evoca sus palabras o una sonrisa o simplemente cree escuchar sus pasos.
Ahora sólo le queda el frío de un sarcófago, donde moran los restos del ser que un día amó. Mientras cada amanecer vela su mirada y el viento le anuncia su vida baldía.
Por delante le quedan largos días de invierno, al compás de los años hasta el fin de los tiempos.